¿Cómo será tenerlo todo, y de golpe quedarse sin nada? ¿Cómo será vivir
en un mundo que uno cree real, y de pronto esta realidad desaparece?
¿Cómo será pensar que Dios, la vida, el destino o la suerte nos han
abandonado? ¿Será como quedarse de pronto sin aire?
La verdad no
tengo ninguna de las respuestas para echar luz sobre todas estos
interrogantes.
Lo único que tengo es la certeza de que en este mismo
instante, hay miles de seres humanos que no saben ni siquiera como
ponerse de pié.
Todos los días sin excepción, principalmente en los
últimos tiempos, leemos en los diarios, vemos en la televisión y
escuchamos en la radio; como bombardeo constante, sobre las catástrofes
naturales que azotan nuestro planeta: inundaciones, terremotos,
tsunamis, tornados y así la lista sigue sin parecer querer detenerse.
Como decía, están en todos lados, los desastres, dejándonos tan
indefensos como una pequeña hormiga que camina frente a nuestro pié, sin
saber que la hemos visto. Y de un pisotón acabamos con su vida, sin que
afecte la nuestra. Así de simple, así de rápido, como un pestañeo que
jamás hubiésemos querido. Los golpes llegaron y nadie pudo hacer nada,
creo.
Hace unos días fui hasta el hipermercado que esta cerca de
casa. Llegué velozmente, pensando en las nubes que se formaban en el
cielo y en que había alerta meteorológico. Las catástrofes están
empezando a ponerme nerviosa.
Hice las compras a toda velocidad y
cuando llegué a la caja, el tráfico me detuvo. Delante mío en la fila
para pagar, había una señora de unos 70 años, llegó hasta la cajera y le
preguntó: _ ¿Hoy hacen el descuento para jubilados? y la chica del
súper respondió afirmativamente con la cabeza, mientras se apuraba a
embolsar (en bolsas de plástico) la mercadería de otro cliente. Por mí
cercanía a la caja oí como una vez que la abuela pagaba, le hacían la
pregunta de rigor: ¿Quiere donar 0.99 centavos para la gente de Chile? Y
la señora le dijo así: _Mirá querida, yo soy jubilada, junto las
monedas para poder comprar tres cositas, un peso es demasiado para mí.
Al instante me pregunté que respondería yo, cuando me lo pregunten.
Sin
perder ni un segundo la cajera, de entre 22 y 24 años, le reflexionó a
la abuela: _Si señora, pero pobre gente, perdieron todo. Y la anciana se
sintió el peor ser sobre la tierra, con su expresión debe haber dicho
mil palabras: _Está bien, descontame el peso, pobre gente Dios mio,
pobre gente, dijo la señora negando con la cabeza y se fue.
¡Siguiente!
Me toca dije sin decir nada. Y me preguntaron si quería donar un peso
para ayudar al gran número de afectados que dejaron los varios
terremotos y sismos en Chile, le dije que no. Inmediatamente después
sentí como una inmensa culpa me carcomía el cerebro, el espíritu
bondadoso de la anciana me estaba entrando en el cuerpo. Pero no pude,
no creo que me digan la verdad cuando antes de entrar a comprar, ya se
que me están robando.
Todavía me siento como fatal, pero no pude ni
podré, mi donación no será a través de un hiper mercado, no puedo.
Pero
pienso en la hormiga, en el pié y en las muchas preguntas que no
sabría responder, si la afectada fuera yo.
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