¿Warum? (Por qué)
- Hier Ist Kein Warum (Aquí no hay por qué)Primo Levi (1)
Una densa bruma nos separa del 24 marzo de 1976. Tres décadas no la disiparon. El contorno fantasmático de esa sociedad atraganta. ¿Acaso la bruma permite asimilar, tolerar un dolor insoportable? ¿Como trasponemos, como dejamos atrás nuestro abrumado dolor? Estas preguntas insomnes imponen el tono, la coloratura de la reflexión actual, el inevitable itinerario temático de una patria despedazada.
Los sueños de mi generación se estrellaron en medio de la bruma. La voluntad de construir una patria capaz de satisfacer las exigencias materiales y morales de ese tiempo, la patria socialista, fue derrotada. Primero aquí, y después de 1989 en todo el mundo. No pudimos rehacer ni la voluntad ni la patria. La locomotora de la historia descarriló con esa brutalidad tan propia del siglo XX. Nos fuimos enterando paso a paso, pero la caída del muro de Berlín clausuró definitivamente un ciclo histórico iniciado en 1945. La Revolución Rusa queda, simultáneamente, atrás y adelante. La vieja cronología que organizó todas nuestras lecturas esta definitivamente rota, y debemos construir otra.
Antes, en el 73, una simplificación formidable facilitó nuestro irrefrenable optimismo: los antagonistas de nuestro enemigo, el gobierno del general Alejandro Agustín Lanusse, eran nuestros amigos. El resultado de esas elecciones potenció el equívoco.
Como el programa económico de la Confederación General Económica (CGE) era transversal - lo compartían con leves variantes la Unión Cívica Radical (UCR) y la Alianza Popular Revolucionaria (la APR estaba integrada por el Partido Intransigente, PI, el sector demócrata cristiano de Horacio Sueldo, los restos de Unión del Pueblo Argentino, Udelpa, partido formado por Pedro Eugenio Aramburu para las elecciones del 63, por ese entonces comandado por Héctor Sandler y el Partido Comunista), por tanto el gobierno de
Héctor J. Cámpora pasaba a contar con el respaldo del 80 por ciento del electorado. Antiperonistas de diverso pelaje coincidían con peronismos enfrentados de distinto origen. Y dado que esa compacta mayoría se apretujaba entre los pliegues de banderas “
antiimperialistas”, gobierno y programa resultaban prácticamente imbatibles. La ilusión duró 43 días. El gobierno de Cámpora no sobrevivió, y el programa quedó ¿transitoriamente? en suspenso.
Tanto la debilidad histórica de esa abrumadora mayoría, como el diseño de la democracia liberal (especialmente construida para impedir satisfacerlas) no constituyen precisamente una novedad.
Sostiene un teórico tan tranquilo como Lucio Colletti: “La democracia burguesa, la democracia liberal es el poder de la minoría contra la mayoría, de la parte contra el todo, de los pocos contra el pueblo ”.
Para que se entienda: una maquina donde el derecho de la mayoría a gobernar choca con insalvables dificultades para desarrollar, ejecutar, impulsar un proyecto popular. De modo que la transversalidad programática no alcanzó principio de ejecución político, no construyó una suerte de política unificada. Y a la hora de la verdad el 20 de junio, en
Ezeiza, la lucha de tendencias en el peronismo, pesó más que mil programas, fue el único verdadero definitivo programa.
Entendimos mal, nuestro deseo nos jugó una mala pasada y pagamos caro nuestro error. Pero no nos volvamos a confundir, la sociedad argentina lo pagó – todavía lo sigue pagando - mucho mas caro aun, y este libro intenta inteligir el sentido que permita abandonar ese precio exorbitante, terrible, impagable.
Quiero evitar equívocos. Esta es una historia relatada desde una perspectiva absolutamente personal, que no vacila en exhibir su condición de tal. Una de las patologías más severas que padece la sociedad argentina surge de rechazar nuestro obligado punto de partida: el propio e intransferible dolor. O esa laceración contiene el territorio para elaborar un nuevo camino o sencillamente no hay modo ¿Una afirmación altisonante?
Mas bien la primera conclusión que surge entre las brumas: el camino del 76 solo sirve para la perpetua regresión, para una pauperización sin fin, para la masacre permanente.
Al menos esta es una de las tesis de este trabajo. Si así fuera, mas allá de que pensara cada uno de nosotros entonces, el 23 de marzo y después, mucho después, la revisión resulta insoslayable. Cada uno de los que aceptó, justificó, deseó el éxito del 24 de marzo debe mirarse en el móvil espejo de la memoria, y reconocerlo para si mismo.
¿Y los que eran demasiado chicos para desear nada? Estos tienen derecho a exigir a sus padres que ese tenebroso secreto de nuestra novela familiar cambie de estatuto. Ventilar al sol nuestras lacras: Ese es el verdadero punto de partida.
(1) Primo Levi, Si esto es un hombre. Muchnik, Barcelona, 1987.
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